Violencia contra las mujeres vs autonomía económica ¿A qué le vas?

En este día 25 de mes decidimos compartir con ustedes nuestra visión sobre la forma en que Poder Colectivo se suma al trabajo para erradicar la violencia contra las mujeres.


Feministas todos y todas, en diferentes escaños de formación y desarrollo, aún soñamos con ese México ideal, dónde se educa a niños y niñas en igualdad, libres de roles y estereotipos de género que limitan sus capacidades, habilidades, personalidad, su vida presente y futura.


Derivado de ello: medios de comunicación, comunidades, religiones y organizaciones, fomentan la conciencia sobre el respeto a las mujeres y sus derechos por el solo hecho de ser personas y por ende, una sociedad libre de violencia de género y, en específico, de violencia contra ellas.

Como segunda opción al ideal, hablamos de mujeres empoderadas; mujeres de todas las edades que abandonaron la sumisión y subordinación, que se han reconstruido libres, conscientes, dueñas de sus vidas y defensoras de sus derechos, en lo individual y lo colectivo; mujeres sóricas que tienden redes para las que están en desventaja, que apoyan a aquellas que viven algún tipo de violencia machista en cualquier modalidad. Mujeres con conciencia de clase, de género, que claman y trabajan por que no haya Ni una más.


Y ya desde una visión mucho más práctica, pensamos en mujeres que no han tenido contacto con el feminismo (el de verdad, no la publicidad sin sustento) o que no han logrado identificarse en él pero que -inmersas en relaciones violentas- han logrado alejarse, romper el ciclo y tomar las riendas de sus vidas, generando cambios benéficos para ellas y quienes les rodean. En no pocos casos, la autonomía económica ha sido un factor decisivo en la vida de las mujeres en situación de violencia.

“Cuando logré parar, tras la golpiza, esperé a que me pidiera perdón. Ella no dijo nada, se levantó del suelo, se lavó la sangre, hizo sus maletas y se fue” Y afortunadamente ella, tenía un trabajo remunerado (de hecho percibía mayores ingresos que él), aún no tenían hijos/hijas, a pesar de las frecuentes expresiones de violencia psicoemocional y patrimonial por parte de él, esa había sido la primera vez que él ejercía violencia física y, también fue la última.


No era feminista (y en ese entonces ni pensaba en serlo), uno de los factores que contribuyó decisivamente para que ella lograra romper el ciclo de violencia en esta ocasión, fue contar con recursos propios, de los que podía disponer. Ya después, eligió no repetirlo y para ello las herramientas de la ideología feminista le brindaron la oportunidad de comprender lo ocurrido, de sacudirse la culpa, la determinación para no volver a vivirlo y la libertad para ser ella, para compartir su vida en libertad si encontraba un hombre justo, para saberse una toronja completa y encontrar la felicidad sin una media naranja.


De esta forma, en Poder Colectivo decidimos iniciar nuestro trabajo desde un aspecto práctico -no por ello menos importante y constitutivo en sí mismo de un derecho humano- e ir en paralelo con el empoderamiento personal individual y colectivo, para contribuir en la lucha de tantas y tantos otros por un México sin violencia de género, un México más igualitario.

Ahora bien, si piensas que “estamos avanzando” y que “el tiempo lo cura todo”, recordemos algunos datos publicados por el Foro Económico Mundial en su Informe Global sobre la Brecha de Género 2017. De 144 países evaluados:


· México ocupó el lugar 81; lo que significó un retroceso, al caer 15 lugares con relación a 2016.

· De las 4 grandes áreas analizadas, en participación y oportunidades económicas, las mujeres mexicanas viven mayor desigualdad, al ubicarnos en el lugar 124 (a 26 abajo del año anterior).

· A ello se suman otros indicadores que dan cuenta de un mayor porcentaje de mujeres en el sector informal, una mayor proporción de trabajo no pagado por día y que decir de la equidad salarial, donde caímos incluso un lugar más, para ubicarnos en el 125.

Tenemos mucho que cambiar y lo primero, es nuestra mentalidad. Cuando los hombres se reencuentran en un bar después de años sin verse y alguno dice que perdió el trabajo, no falta aquel que le de su tarjeta, una palmada en la espalda, una promesa de contrato y una cita para la siguiente semana; ahí le entrevista, por fin le pregunta que carrera terminó y cual es su trayectoria laboral.


Ahora revisa la situación entre mujeres: se ven en un café (por mil razones de género que hoy no vamos a explicar), tratan de justificar el éxito en sus vidas (por otras tantas), tras escuchar que alguna es Directora General o CEO en una gran empresa, aquella que está buscando trabajo se atreve a hablar.


La Directora toma aire, hace cara de preocupación e inicia la entrevista, es sumamente rigurosa (explicable, porque a ella le ha costado el doble que a sus compañeros hombres llegar ahí, porque es constantemente evaluada y criticada, quizá ha tenido que masculinizarse para encajar y replica la experiencia pasada con la otra), no hay promesa de contrato (quizá ni le brinde la posibilidad de presentarse en un ambiente formal de entrevista y prepararse para ello), no hay palmada en la espalda, quizá ni palabra de aliento…total, bien dicen que es más difícil trabajar entre mujeres (empezando por una misma).


Y así, nada va a cambiar, si no cambiamos primero nosotras.


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